5 formas divertidas de estrechar los lazos familiares
- Planeta Venus

- hace 5 días
- 5 min de lectura
Wichita, Kansas | 1 de julio, 2026
Por Esther Showstack | Planeta Venus

¿Cómo se acorta la distancia entre los hijos y sus padres? ¿Entre padres y sus hijos? El verano —con sus días de vacío, de encierro y de temperaturas extremas, ya sea por exceso de calor o de frío— me ha llevado a preguntarme esto y, seguramente, a ti también. He descubierto la respuesta por experiencia propia y, basándome en mi experiencia, he preparado algunas ideas divertidas y sencillas para acercarse a la familia; para que puedas conocerlos mejor y descubrir qué intereses inesperados tienen en común.
Es julio y, a pesar de estar atrapada en Kansas por el momento —lejos del mar y privada de un respiro de nuestro clima impredecible, un día abrasador y al siguiente nublado y gris—, pienso en mis abuelos en California y en cómo pasé con ellos veranos enteros, lánguidos y sofocantes, que para mi «yo» de entonces representaban la felicidad idílica. Ahora paso ese mismo verano —lánguido, sofocante, gélido y lluvioso— en Kansas con mis padres; esto me ha brindado la oportunidad de acercarme a ellos más que nunca y de aprender más sobre mis raíces, además de permitirme mantener mis destrezas de lectura y conversación en español, gracias a la determinación de mis padres de hablarme exclusivamente en ese idioma.
Ya sea que estés de vacaciones en otro estado o te quedes en casa como yo, y tanto si eres padre o madre como si eres un joven que lee este artículo, el verano siempre será el mejor momento para estrechar lazos con tu familia y valorarla más, por el simple hecho de que, en esta época del año, inevitablemente habrá días en los que te aburres. Si no son días, serán horas o incluso semanas. El aburrimiento puede llevarte y a tus pensamientos a divagar. Te acerca a tu familia, que está igual que tú, y despierta tu curiosidad. Todo esto convierte el verano en el momento ideal para compartir más sobre ti mismo con tus seres queridos: historias de tu infancia, los nombres de antiguas mascotas, recuerdos de viajes pasados o tus canciones, películas y libros favoritos. Gracias a que mi padre me ha contado sobre su vida en el rancho familiar en México —los animales y los árboles; la costumbre de su padre (mi abuelo) de beber huevos crudos en el café; cómo jugaba a las pistolitas con sus hermanos o cómo chapoteaban en el arroyo—, me ha ayudado a comprenderlo mejor y entender cómo empezó a formarse como persona.
El verano, con todos sus espacios libres esperando ser ocupados, también nos permite a mi familia y a mí fortalecer nuestras relaciones a través de las aficiones que compartimos. Muchas tardes —más de las que quisiera admitir— he pasado este verano viendo películas con mi padre: filmes de todo tipo de países y épocas, en diversos idiomas y con tramas muy variadas. Las películas favoritas de mi padre son las de su país natal; por consiguiente, su década favorita fue la de la época dorada del cine, de los años 30 a los 50. Escuchar su música favorita mientras me lleva a distintos sitios por la mañana, ver sus películas preferidas por la tarde y leer su libro favorito a su lado por la noche me ha permitido no solo apreciar su gusto impecable, sino también comunicarme con él sobre una gama más amplia de temas: asuntos que ambos conocemos y admiramos.
El libro preferido de mi padre es Don Quijote de la Mancha, de Cervantes, publicado nada menos que en 1605. Ninguno de los dos comprende del todo cada pequeño detalle de esta obra de mil páginas — aunque ¿quién podría hacerlo?—; sin embargo, leerla es una excelente manera, para mí, de practicar la lectura en español y aprender una gran cantidad de palabras nuevas. No digo que tú (o tus hijos) deban empezar a leer Don Quijote simplemente por leer algo en español —aunque, si la idea les atrae, adelante—, pero sí afirmo que leer en español es una actividad ideal para refrescar el idioma durante el verano, después de haber pasado todo el año escolar leyendo y conversando mayoritariamente en inglés. En mi caso, la escuela fortalece mi inglés mientras debilita mi español, y como no quiero perder la capacidad de comunicarme en mi lengua de herencia, leer un libro que ha sido disfrutado o recomendado por un ser querido me hace sentir más cerca de esa persona y, al mismo tiempo, me permite reforzar mis habilidades en español.

Para poner en práctica estas habilidades, a menudo salgo a caminar con uno de mis padres, y es durante esos cuarenta y cinco minutos cuando surgen nuestras conversaciones más profundas y significativas. Los temas abarcan desde nuestros planes para la tarde hasta libros que tal vez escribamos algún día, pasando por anécdotas de las clases de educación física de la secundaria, cuando mi mamá tenía que soportar un acoso absurdo —que ahora, en retrospectiva, resulta cómico— por parte de una chica que la odiaba sin motivo aparente.
No es estrictamente necesario que estas pláticas sean en español; lo que importa es que estemos hablando y compartiendo momentos entre nosotros, en lugar de hacerlo con nuestros teléfonos, computadoras o cualquier otra distracción que se vuelve inadecuada cuando se abusa de ella. Además, considero que esta costumbre de caminar y hablar es una excelente forma de aprovechar el tiempo, ya que no solo ejercitamos el cerebro y la voz, sino también el cuerpo, y después de las dos millas de conversación que terminamos recorriendo, ambos terminamos sintiéndonos no solo agotados, sino también más unidos como padre e hija.
El tiempo de calidad realmente nos ha permitido estrechar los lazos a mis padres y a mí; y otra de nuestras formas favoritas de hacerlo es cocinando juntos, específicamente al preparar el almuerzo y la cena —esta última, compartida por toda la familia—. Si yo soy la jefa de cocina de la familia —elegido unánimemente para el puesto por mis padres, quienes coinciden en que poseo las mejores habilidades culinarias de los tres—, entonces mi padre es el sous-chef o ayudante de cocina: y sus meteduras de pata al buscar ingredientes, o al prepararlos, nos han llevado a crear bromas internas y recuerdos entrañables que siempre nos hacen reír cuando llega la hora de comer.
Las bromas internas, que suelen surgir de forma espontánea, son uno de los mejores frutos de estrechar los lazos con tus seres queridos. Al terminar el verano, sin duda habrás compartido muchísimas bromas con tus padres (o con tus hijos), ¡y ese es uno de los factores que hacen que estrechar los lazos familiares valga totalmente la pena!
Comentarios